Que bofetada nos ha dado el destino, la naturaleza o el mismísimo Dios.
Durante este aislamiento, me asomo por mi ventana cada mañana y es como asomarme a la misma vida. El sol brilla y me guiña un ojo, como siempre, inmenso, prepotente y orgulloso. Ni una sola nube lo acompaña, su soledad lo convierte en el único y magnífico rey de la vida. Nadie osa perturbar su paisaje. Mi jardín lo disfruta, con tonos y contratonos, todo tiene un brillo especial.
Se hace presente un poco de viento, pero cede ante el maravilloso entorno. Los helechos conversan con las rosas, los jazmines discuten con la Santa Rita, el tema es, que está sucediendo...? parece que el ser humano nos está dando una tregua... Más temprano que tarde, un zorzal se hace presente con todo su orgullo a cuesta, parece tener hambre, salta de rama en rama y un gorrión intenta copiarlo, repite cada uno de sus saltos, pero sabe que lo único que los iguala, es la libertad. Porque de eso también se trata la vida de volar y ser libre.
En ese instante acudo a mi memoria para pedir un deseo. Quiero retratar esta imagen, hacerla postal y guardarla en el álbum de mis fotos del alma, en la que seguramente también estás vos.
En estos tiempos noto que no hay pasado, todo lo que veo tiene color de presente, y cuando suelo escribir en ese mismo momento, se está dando el milagro de convertir lo viejo en primerizo. Donde la imaginación se viste para la ocasión, de pura simpleza.
Pero el silencio me mantiene atento a mi calle y a su paz. Este lugar se ha convertido en un poema utópico, nunca pude imaginar que solo escucharía pájaros, todo es una aventura increíble y llena de incertidumbres. Cuando todo esto pase, no tengo pretensiones, estoy plenamente seguro que viviré en esa calle cada uno de mis recuerdos, porque los adoquines nunca olvidan la infancia.
A pesar de todo, nuestro mundo sigue latiendo, despaciosamente, pero late. Si hasta cuesta creer, que esta humanidad tan atolondrada que suele regalarnos dioses y diablos, amores, odios, tristezas y alegrías, haya parado por un tiempo su maquinaria destructiva, y dejado de incendiar nuestras pupilas. Pero a pesar de todo esto que nos ocurre, soy un convencido que nada cambiará en este mundo, solo existe el único cambio posible, y es el que podamos producir nosotros mismos.
Cuando miro el cielo, cada vez más celeste por cierto, trato de no olvidar las realidades que aún permanecen en este planeta, el llanto de los niños a quienes el hambre les duele, los sin techos y su intemperie, las donaciones tan a destiempo provocadas por un acto de caridad de conciencias adormecidas. De la cobardía política de quienes liberan delincuentes bajo el manto de un virus, sin pensar que sus víctimas, nunca tendrán esa oportunidad.
Se nos pasa el tiempo, se nos escurre entre las manos. Pasan las horas, las hojas de este otoño, también el amor y la pasión, pero todo en un absoluto silencio e indiferencia, tan solo sucede y transcurre.
Únicamente se escucha el tic tac de los relojes, pero a pesar de todo, lo maravilloso es que hoy, con seguridad se cumplirá un sueño, y deseo de corazón que sea el tuyo.